Dr 654 – De 43 – M 5 – V 5 – Dea 501

Volvimos a nacer. Todo lo que nos sucedió a partir de ese momento se puede considerar como una nueva vida.

El hangar era una enorme bóveda, centro de la base de entrenamiento para los próximos decanos. La descubriríamos con nuestros hombres.

No perdimos tiempo, nos llevaron por una serie de pasillos, con múltiples puntos de seguridad hacia una nueva bóveda. En ella había una cantidad increíble de naves de todo tipo y forma.

A lo largo de los siguientes Decanos entendería el porqué de las diferencias e incluso sabría pilotar la mayoría de ellas. Pero en ese primer instante me sentí abrumado por la inmensidad de lo que estábamos descubriendo. Mi binomio estaba igual o más que yo. Los dos seguíamos sin decir palabra.

Nos explicaron como movernos por los hangares sin peligro. Creo. Nos explicaron las cuatro vías de acceso. Cuatro puertas que marcaban las 4 direcciones.

  • Una, por donde llegamos, era la única entrada al centro y sólo esta base tenía este acceso.
  • Otro pasillo nos llevaría a los centros de trabajo y formación.
  • El tercero comunicaban con otros hangares a lo largo y ancho de la nave que era nuestra arca.
  • El cuarto era un acceso al vacío espacial. Estos dos últimos pasillos solo lo pasaban los elegidos.

Los que no, volverían como CS de vigilancia sin saber nada de lo que estábamos descubriendo.

“Caballeros, como ven, nos hemos parado frente a lo que será su primera nave de formación. Y esta formación empezará en este mismo instante.”

La nave de formación. Me pareció en ese momento una inmensa mole, con el tiempo la echaría de menos.

Nos hicieron subir por una escalera a su parte superior. El interior era sobrio, los muros estaban llenos de tubos y cables, y los espacios donde no había ni cables ni tubos, había enormes ventanales. Nos ordenaron situarnos en el centro de la enorme sala, un enorme espacio vacío. Nos pusieron un arnés atado a los cuatro muros. Nuestro movimiento era limitado.

Los tenientes, que serían nuestros instructores, salieron a una sala contigua, separada por una enorme cristalera. Se sentaron y se ataron.

Recordaré también ese primer despegue.

La vibración de la nave, notar como se elevaba y avanzaba. Vimos las demás naves a través de los ventanales. Llegamos al pasillo de salida. La nave aceleró. Notamos el empuje y el tirón. Nunca antes había sentido tal presión. Los arneses aguantaron. Nuestros cuerpos sufrieron. Y en lo que dura un pic nos encontramos en el absoluto vacío.

La oscuridad que aparecía al final del túnel invadió las ventanas de la nave. Un increíble espectáculo embellecido por pequeñas luces, parecidas a luciérnagas intentando combatir la noche.

Notamos un giro brusco y la parada completa de la nave. Enfrente de nuestra ventana apareció una enorme bola negra, visible por la oscuridad que reflejaba en el sol tras él y las mil y una luces que lo rodeaban. Más tarde descubriría que eran naves de protección y defensa del Elyseum. Llegaría a formar parte de una escuadra durante mi formación de piloto.

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